Padres y madres del mundo, levanten la mano si alguna vez han usado una pantalla como niñera. (Sé que lo hacen, no me engañan!). Es un secreto a voces, y créanme, los entiendo. A veces, entre el trabajo, las tareas de la casa o simplemente el deseo de ver TikTok en paz por un par de minutos, las pantallas se convierten en nuestros mejores aliados.
Pero… ¿qué pasa cuando esos minutos se convierten en horas? ¿Y qué impacto tiene en el desarrollo del lenguaje de nuestros peques?
Tranquilos, no vengo a darles un sermón sobre cómo las pantallas son el enemigo número uno de la humanidad. Lo que sí quiero es ayudarles a ver la situación desde otra perspectiva, con ejemplos prácticos que los harán pensar, reflexionar y, sobre todo, ¡actuar! Porque sí, con unos pequeños ajustes, podemos mejorar la forma en que usamos las pantallas.
Pantallas y cerebro en desarrollo: ¿qué está pasando?
Cuando un niño pasa demasiado tiempo frente a una pantalla, su cerebro se sobrecarga de información. Y no, no es información de calidad. Estudios científicos, como los de la Academia Americana de Pediatría (AAP), han demostrado que el exceso de pantallas puede interferir con la capacidad del niño para procesar y usar el lenguaje.
¡Sí, así como lo lees!
Las investigaciones son claras: el uso excesivo de pantallas en los primeros años de vida se asocia con retrasos en el lenguaje, menor vocabulario y dificultades para mantener conversaciones.
Pero antes de que te invada la culpa… ¡alto ahí! No estás solo en esto, y sí hay soluciones.
¿Todas las pantallas son malas?
No exactamente. Si el uso de la pantalla va acompañado de interacción significativa con un adulto y contenido educativo, puede ser una herramienta útil. (Ojo: no estoy diciendo que ahora le pongas pantallas al niño todo el día, ¿eh?).
Para entender mejor, veamos un ejemplo:
Ejemplo: La experiencia de Andrea y Luca
Andrea es una mamá que trabaja desde casa y ha notado que su hijo Luca, de 3 años, está cada vez más distraído y con poca intención de comunicarse. El culpable: la tablet. Luca pasa horas viendo videos sin interactuar con nadie.
Pero Andrea decide probar algo diferente. En vez de dejar a Luca viendo videos solo, se sienta con él y le hace preguntas sobre lo que ven juntos. Si aparece un elefante en la pantalla, le dice:
¡Mira, ese elefante tiene una trompa larga! ¿Qué sonido hace el elefante?
Así, Luca no solo aprende nuevas palabras, sino que también desarrolla su capacidad para conversar y compartir sus pensamientos. ¡Las pantallas no son malas por sí solas, sino en cómo las usamos!
¿Cómo encontrar el equilibrio?
- Establece límites claros.No se trata de eliminar las pantallas, sino de controlarlas. Lo ideal es establecer un máximo de tiempo al día según la edad del niño. Y siempre que sea posible, acompaña a tu hijo en esos momentos. El cerebro necesita interacción más que imágenes en movimiento.
- Prefiere contenido educativo.Hay muchas aplicaciones y programas educativos como canciones, cuentos interactivos y juegos de palabras. Elige contenido que fomente la interacción y el aprendizaje.
- Sé el ejemplo.Si pasas el día pegado al teléfono mientras le pides a tu hijo que juegue con bloques… ¿qué mensaje le estás enviando? 🤔 Los niños imitan lo que ven, no lo que les decimos.
Así que, si las pantallas han tomado más protagonismo del que quisieras en tu hogar, no te preocupes, pero sí actúa. Pregúntate:
- ¿Cuánto tiempo pasa mi hijo frente a las pantallas? ¿Es un tiempo controlado o ya se nos fue de las manos?
- ¿Estoy interactuando con él cuando usa pantallas? ¿O solo las usa para entretenerse sin supervisión?
- ¿Qué tipo de contenido está viendo? ¿Le ayuda a desarrollar su lenguaje o solo lo mantiene distraído?
No se trata de demonizar las pantallas, sino de usarlas con conciencia para que ayuden, en lugar de perjudicar, el desarrollo del lenguaje de nuestros hijos.
Y recuerda: El lenguaje de tu hijo depende más de ti que de cualquier pantalla.
Por: Michelle Ureña: Terapeuta del habla y Lenguaje
