Nunca imaginé que, al convertirme en madre, iba a descubrir tantas cosas… de mí.
Sí, hay pañales, mal dormir, primeras veces que te quiebran el alma de amor y una lista infinita de “pendientes” que se renuevan más rápido que el shampoo de los niños. Pero entre biberones y mochilas de preescolar, entendí que la maternidad no solo forma a nuestros hijos. También nos forma y nos transforma.
Criar es como mirarte en un espejo empañado

Cuando llegó mi primera hija, todo fue emoción y susto. Pero con el segundo, el caos fue más familiar… y más revelador. Criar me ha obligado a mirar hacia adentro. ¿Por qué me desespera cuando lloran? ¿Por qué me duele tanto no tener el control? ¿Por qué a veces siento que me pierdo en esta nueva versión de mí misma?
Ahí entendí algo grande: la crianza remueve capas antiguas. Trae a la superficie nuestras heridas, nuestros patrones, nuestros silencios.
Maternar me enseñó a recordar (y reparar)
Empecé a notar cómo ciertas reacciones no eran “mi yo de ahora”, sino Lía la niña actuando en piloto automático. Esa que creció buscando aprobación. Esa que no aprendió a poner límites porque pensó que amor era complacer y ser una niña buena que no falla ni se equivoca.
Y claro, nuestros hijos no necesitan madres perfectas. Pero sí necesitan madres que se animen a ser conscientes. A veces eso implica terapia. O simplemente una pausa con una respiración profunda en medio del caos. O inclinarnos profundamente a vivir una espiritualidad más activa.
Aprendí que sanar no es un lujo. Es un acto de amor radical. Porque criar desde lo no resuelto es como heredarles una maleta que no les pertenece.
No, yo no soy la madre zen que medita cada mañana mientras los niños juegan en silencio. Pero sí he aprendido a encontrar pequeños rituales para regresar a mí. A veces tan simple y tan básico como tomar café sola antes de que todos despierten. O ver la misma serie una y otra vez. O ponerme una mano en el corazón cuando siento que voy a explotar.
La maternidad no es un destino. Es una práctica. Una diaria, demandante y profundamente espiritual.
Antes, a veces me llenaba de dudas y miedos pensando que debía elegir entre crecer a nivel profesional y mi rol de madre presente. Ahora sé que me empuja a crecer más. Que me hizo más empática, más estratégica, más valiente y mucho más estructurada y organizada. Que me enseñó a priorizar sin culpa (todavía lo estoy practicando).
Ser madre me dio perspectiva. Me enseñó a soltar (un poco y por momentos) el perfeccionismo, a decir “esto no puedo ahora” sin que eso signifique fracaso. A elegir lo importante por encima de lo urgente.

Criar también me está criando a mí
Y aunque a veces lloro en el carro o me siento culpable por querer cinco minutos sola, sé que estar haciendo este trabajo interno es el mejor regalo que les puedo dar. A ellos. Y a mí también. Porque si algo he aprendido, es que cuando una mujer se encuentra consigo misma, todo su mundo florece. Y sus hijos, también.
Por: Lia Bonilla