Spoiler: sigues siendo tú. Pero a veces se te olvida.
Entre biberones, muñecas y deadlines
Ser madre es una revolución. De esas que no piden permiso, que entran sin tocar la puerta y te sacuden el alma, el cuerpo y la agenda. Y ser madre mientras eres una mujer ambiciosa —de las que se ponen metas grandes, que quieren crecer profesionalmente y vivir una vida con propósito— puede sentirse como si fueras malabarista en un circo que tú misma montaste… pero con amor.
La maternidad te exige entrega, pero tu corazón también pide expansión.
Y entonces, un día cualquiera, entre biberones y correos, te preguntas:
¿Quién soy yo cuando no estoy cuidando a nadie? ¿Estoy viviendo mi vida o la vida de mis hijos? ¡Muy fuerte, i know!
Cuando el rol de cuidadora lo ocupa todo
Y no es que no ames cuidar. De hecho, amas con locura. Pero cuando te das cuenta de que llevas semanas sin tener un pensamiento que no esté atado a alguien más (tu bebé, tu pareja, tu equipo, tus pendientes), sientes un pequeño vacío que no sabes nombrar.
Ese vacío no es ego. Es identidad. Es tu yo pidiendo pista. ¡Tu fuego interno tocándote la puerta, como hey toy viva! Porque, sí: ser madre es una parte de ti, pero no todo de ti.
Las ganas y los miedos van de la mano
Yo también lo he sentido. Ese miedo de que, si me enfoco “demasiado” en mí, en mi proyecto, en mi crecimiento, estoy fallando como madre.
Pero también está esa voz que me grita bajito: “Ser solo mamá no es suficiente.” Disclaimer: esa es mi voz interna, que a mí me resuena, pero si eso es lo que has escogido para ti, te aplaudo. Es también una decisión valiente.
He aprendido que es válido dudar, llorar, sentir culpa por ir al salón o por apagar el celular para respirar, por cerrar la puerta de la habitación o del baño para tener un minuto de silencio. Pero también es válido soñar con más. Desear un espacio solo tuyo. Querer ser mamá presente y ser mujer completa.
Cómo empezar a reconectar contigo sin dejar de cuidar
Aquí van algunas ideas sencillas que a mí me han ayudado a no perderme de vista:
– Reserva tiempo para ti, con intención y sin culpa.
– Di tu nombre en voz alta.
– Escribe lo que sueñas.
– Pide ayuda.
– Rodéate de otras mujeres que te inspiren y no te juzguen.
Una frase que me repito cuando siento que me pierdo:
“No vine a esta vida solo a cuidar de otros. Vine también a cuidarME, a brillar, a construir. A mostrarle a mis hijos cómo se ve una vida con propósito y amor propio.”
Estás criando personas. Pero también estás construyendo tu historia. El equilibrio perfecto no existe, y está bien. Hay días en los que no somos ni tan mamás, ni tan CEO, ni tan zen. Y, sin embargo, lo estamos haciendo bien. Porque cada vez que te eliges, aunque sea un ratito, le enseñas a tus hijos que una madre feliz también es una madre presente. Y
tú, ¿quién eres cuando no estás cuidando a nadie? La respuesta te está esperando. Con los brazos abiertos. Con tu nombre completo.
Por: Lia Bonilla